“¿¡Comité Direqué!?”, o lo que es trabajar para AEGEE durante un año

Anna Gumbau, Directora de Comunicación de AEGEE-Europe y miembro de AEGEE-Barcelona, nos describe su vida en Bruselas mientras trabaja en el Comité Directeur.

Hay muchos motivos por los que cada uno de nosotros se ha unido a AEGEE. Unos buscábamos una excusa para viajar barato por Europa; otros, un grupo de amigos en su ciudad con quien tener un vínculo estrecho, un sentimiento de pertenencia; otros buscamos las oportunidades de desarrollo personal, de encontrar aquellas oportunidades que quizá la universidad y la educación formal no nos dan. Y los hay quienes buscan aquella oportunidad de aportar su granito de arena en algo en lo que creen firmemente, de tener un impacto. Casi cuatro años después de cruzarme con AEGEE por primera vez y hacer de ésta una nueva familia, escribo estas líneas desde Bruselas, donde trabajo para la sede central de AEGEE durante un año.

El Comité Directeur somos siete miembros de AEGEE que, durante un año, vivimos y trabajamos en Bruselas, en la “headoffice” de AEGEE-Europe (mitad oficina, mitad casa), trabajando y coordinando la representación externa de la asociación. La aventura empezó a mediados de julio, cuando cada uno de nosotros llegó a la casa con un montón de ideas de cómo mejorar AEGEE. Desde el primer día, intentamos encajar las siete piezas de este puzzle para crear una visión común de lo que queríamos conseguir durante nuestro año en el CD, algo que resultó mucho más fácil de lo que parecía y, lo más importante, nos motivó todavía más a trabajar juntos. Fabian, antiguo miembro de la Mediation Commission de AEGEE y el “trainer” que nos ayudó a construir con nosotros esta visión, nos dijo que “pocas veces había visto un grupo tan unido desde el principio”.

¿Cómo es vivir por y para AEGEE?, nos suelen preguntar. A nivel profesional, tener la oportunidad de trabajar para AEGEE justo después de graduarme es probablemente lo mejor que podría haberme pasado. A pesar de que mi principal tarea sea la de comunicaciones, me paso buena parte del día ayudando en fundraising (lo que vendría a ser redactar solicitudes de subvenciones y llamar a la puerta de empresas y medios) y trabajando en algunos proyectos (el próximo, el European Planning Meeting de Leiden dedicado a la inmigración y la crisis de los refugiados, ¡al que tenéis que solicitar plaza sí o sí!), lo que aporta un amplio bagaje. Ah, y a menudo me toca ponerme el sombrero de ‘IT’ y perderme en la telaraña de la web de AEGEE, lo que me suele dar algún que otro dolor de cabeza. Aun así, Bruselas es una fuente de contactos en la que personas tímidas como yo se ven forzadas a dar el paso, salir de la zona de confort y darle al dichoso “networking” (hasta acabar encasquetando tu tarjeta de visita a algún pez gordo). Y, a pesar de sus defectos, no deja de sorprenderme cómo las instuticiones aprecian e incluso admiran el trabajo de AEGEE.

Sin embargo, la mejor experiencia de todas es la que vives día a día con tus compañeros de casa y de viaje. Convivimos y solemos pasar las 24 horas del día prácticamente juntos, pero entre nosotros sabemos respetar aquellos momentos en los que necesitamos un espacio. Y al final del día, seguimos queriendo pasar el tiempo juntos, ya sea bebiendo vino en el comedor o cocinando sushi esos días en los que la amenaza terrorista en Bruselas se encuentra en alerta máxima. Recuerdo los primeros días juntos: “¿por qué X hace eso que me molesta tanto?”, “¿Cómo puede Y pensar algo así?”, cosas que te extrañan de alguien a quien no conoces muy bien. Pero con el tiempo estamos aprendiendo (porque aún estamos en ello) a entendernos y a aceptarnos mutuamente, basándonos en el respeto y la empatía. Y quizá es ésta la mejor lección que se puede aprender en estas cuatro paredes: que, a pesar de nuestras diferencias, está en nuestras manos llegar a un objetivo y remar juntos hacia ello.

Tiene también sus “contras”, por supuesto: a menudo te toca trabajar y tener reuniones por Skype con algunos de los proyectos de AEGEE, cuyos miembros están desperdigados por toda Europa (y tienen una vida normal además de su vida AEGEEra), lo que a menudo te hace salir de la oficina a las once de la noche. Y lo que viene a ser “vida privada” brilla por su ausencia en estas cuatro paredes más de lo que nos gustaría… pero eso no es nada comparado con la satisfacción de apoyar a la organización y que los miembros de AEGEE aprecien tu trabajo y se sientan parte de ello.

No hubiera podido subirme a ese tren si no hubiera descubierto AEGEE ni a la gente que forman parte de ella. Todavía recuerdo mi primera reunión con AEGEE-Barcelona, la vergüenza de acercarme a aquella mesa del Viena por primera vez, y acabar saliendo de fiesta con las personas que conocí aquella primera noche. En muchos de nuestros workshops solemos hacer dos preguntas. La primera es “¿qué hizo que te unieras a AEGEE?”, por la que muchos tenemos respuestas diferentes. Sin embargo, “¿qué hizo que te quedaras en AEGEE?”, preguntamos a continuación. Y en muchos casos, la respuesta suele ser la misma: la gente que forma AEGEE. La mayor satisfacción de poder trabajar para AEGEE es para mejorar la asociación y poder conocer qué motiva a nuestros miembros, y ayudarles a hacer sus ideas y pequeños proyectos realidad.

Al final no importa qué llevó a unirte a AEGEE, ni cuántas posiciones escales, ni cuán lejos viajes; sino que formes parte de esta gran familia y que aproveches todas las oportunidades que puede aportar. Tú eliges cómo AEGEE te va a cambiar la vida, pero lo que es cierto es que, de una forma u otra, siempre hay algo, cuando te activas en AEGEE, que nunca vuelve a ser igual.